miércoles, 6 de noviembre de 2013

MICROMACHISMOS

Micromachismos, machismos: ¿los sabemos diferenciar?
"Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”. A políticos y miembros de instituciones públicas se les siguen escapando sandeces de este tipo. Del "cada vez que veo los morritos de Leire Pajín pienso lo mismo" a la afirmación de que Cospedal "no es malota sexualmente", algunas líderes políticas siguen siendo criticadas por su forma de vestir o por ponerse escote "de más" o maquillaje de menos. Una consejera de salud fue calificada como "zorra y puerca" por una guía sobre educación sexual, hay curas que consideran que las mujeres que sufren violencia machista van "provocando" y un policía local decía hace unos días que, con las mujeres, "el truco está en escucharlas como psicólogo y follártelas como si te estuviesen pagando".
Hace días agitaba los comentarios de la comunidad de El HuffPost un post titulado ¿Y si no me depilo?, de la periodista Paloma Goñi. Pasa en todas partes. Hace unas semanas, la CEO de Yahoo!, Marissa Mayer, tuvo que ignorar en encuentro con accionistas a un hombre que quiso resaltar que era "un viejo verde" y que tenía que decirle lo "atractiva" que es antes de hacerle una pregunta. Este fin de semana la BBC pidió perdón por un comentarista que entró a valorar el físico de la tenista que ha ganado Wimblendon, Marion Bartoli, preguntándose desde los micrófonos si su propio padre tuvo que decirle alguna vez que nunca sería un "bombón" como otras jugadoras como Sharapova.
¿Qué son esos comentarios y actitudes? ¿Machismo? ¿Micromachismo (palabra cada vez más de moda usada para describir comportamientos sexistas menos visibles)? ¿Situaciones a las que ya no habría que dar mayor importancia? Nos responden expertos en género y recogemos también testimonios de hombres y mujeres sobre situaciones de la vida cotidiana para abrir el debate sobre si son o no (micro)machismo.
LO QUE OPINAN LOS EXPERTOS
"Hay distintos grados de machismos. Los hay más evidentes, no aceptados por la mayor parte de la sociedad, y los hay en actitudes arraigadas en nuestro acervo cultural, que suelen ser de menor gravedad pero tienen el mismo tronco", explica María Jesús Ortiz, jefa de relaciones externas del Instituto de la Mujer.
Esta experta en temas de género lo ilustra con las declaraciones de políticos de tono sexista o la publicidad que "induce a que se mantenga la percepción de que la máxima autoridad la mantiene el hombre". En el último anuncio de Seguros Santa Lucía la canción dice: "Yo le doy la mano a Pablo, a mi me da la mano Laura, Laura se la da a mamá, a mamá se la da papá... ¿y a ti [por el padre] quién te da mano?". Y le viene a la mente una anécdota: "Si vas a un concesionario a comprar un coche con tu pareja [heterosexual] y el interlocutor es también un hombre, cuando le haces preguntas suele contestar a tu pareja, no a ti".
Son "casi imperceptibles y están normalizados, por eso son difíciles de identificar", opina Javier Covarrubias, miembro de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género . "La violencia física o los insultos son las dominaciones más visibles y que menos se aceptan en la sociedad. Pero los controles del hombre a la mujer en la pareja, por ejemplo, no se detectan igual (...) También hay actitudes paternalistas que muchas mujeres, incluso las más jóvenes, ven aceptables porque las interpretan como cariño", comenta. Y apunta además que "es una situación que se da en todas las clases sociales".
La brecha salarial (las mujeres ganan un 20% menos en España) o las preguntas sobre la maternidad en las entrevistas de trabajo tampoco son cosas del pasado. La igualdad tampoco llega en el plano sexual. “Entre las chicas jóvenes hay mayor libertad sexual que hace una o dos generaciones, pero eso no va acompañado de la desaparición del sexismo. El hombre parece seguir siendo el sujeto de derecho y ella el objeto de placer. 'Puta' sigue siendo el insulto más habitual para denigrar a una mujer, incluso entre la gente joven", señala la experta del Instituto de la Mujer.

 


La dominación masculina tiene su origen en los modelos patriarcales que promueven la subordinación de las mujeres. En consecuencia, la misoginia y el machismo adoptan múltiples caras y máscaras, pero son precisamente las formas encubiertas de discriminación contra las mujeres las que legitiman y perpetúan los actos de violencia más cruentos y la desigualdad de género más arraigada.
Algunos autores y autoras que han estudiado estas prácticas, las han denominado de un modo demasiado indulgente como “violencia blanda”, “suave”, pequeñas tiranías o, en el mejor de los casos, terrorismo íntimo, pero desde 1991, el término “micromachismos”, acuñado por Luis Bonino, se ha ido popularizando progresivamente.
Para el autor éstos son “pequeños, casi imperceptibles controles y abusos de poder cuasinormalizados que los varones ejecutan permanentemente. Son hábiles artes de dominio, maniobras y estrategias que, sin ser muy  notables, restringen y violentan insidiosa y reiteradamente el poder  personal, la autonomía y el equilibrio psíquico de las mujeres, atentando además contra la democratización de las relaciones. Dada su invisibilidad se ejercen generalmente con total impunidad” (Bonino, 2004: 3).
El uso sexista del lenguaje, las bromas y chistes de contenido sexual referidos a las mujeres, la defensa de los celos como parte inherente del amor, el control sobre la pareja (horarios, actividades, relaciones sociales, citas…), la falta de responsabilidad sobre las tareas de cuidados o el trabajo doméstico, los silencios desdeñosos utilizados como forma de manipulación, la intimidación, los comentarios ofensivos, la desautorización y la desvalorización, el chantaje emocional, el control económico, el paternalismo… (Bonino, 2005: 98-100). La lista de ardides micromachistas es interminable.

Prácticas sutiles pero tremendamente efectivas

Algunas de estas prácticas son tan sutiles que habitualmente pasan inadvertidas y cuando se denuncian son tildadas de exageraciones o se les resta importancia. Mientras tanto sus efectos repercuten en la salud mental de la mujer, minando su autoestima y desproveyéndola de energía y seguridad en sí misma.
Estas actitudes se convierten en una violencia invisible o, más bien, invisibilizada, basada en evidentes desequilibrios de poder que reflejan la vigencia del androcentrismo en nuestras sociedades. Es justamente su carácter micro e implícito el que hace de los micromachismos comportamientos de dominación masculina menos perceptibles y, por desgracia, más normalizados dentro de una sociedad patriarcal. Por ende, el principal problema de este ejercicio de poder reside en la falta de conciencia y la dificultad para reconocer y denunciar dichos actos.
La mayor parte de estas actitudes se sustentan en añejos estereotipos de género y en los roles tradicionales que les han sido asignados a hombres y mujeres a lo largo de la historia. Aunque en muchos países se considera ya políticamente incorrecto afirmar en voz alta que el hombre es superior a la mujer, los abusos se siguen sucediendo y la violencia machista sigue siendo justificada mediante mañas y maniobras que aún pasando desapercibidas son tremendamente efectivas.
Como se apuntaba anteriormente, la ilusión de la igualdad alcanzada, principalmente en las denominadas sociedades democráticas, ha creado una especie de perverso y tupido velo alrededor de este machismo cotidiano y ha cargado sus tintas contra el feminismo y la lucha por la igualdad de género, calificando su denuncia de innecesaria y excesiva.

Cimentando nuevas masculinidades

Sin lugar a dudas la educación es la base para acabar con esas conductas que habitualmente se justifican y se invisibilizan, así como la herramienta para deconstruir los erróneos mandatos de masculinidad que se inculcan a los varones desde la infancia. Afortunadamente, las buenas prácticas van in crescendo y redes de hombres como la española AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género) o la Red Iberoamericana de Masculinidades, trabajan día a día por cimentar nuevas masculinidades que redibujen los roles de género y que permitan tanto a hombres como a mujeres liberarse del peso de los preceptos del patriarcado y de sus secuelas.
Asimismo el empoderamiento, la concienciación y la formación de las mujeres son esenciales para detectar esos machismos etéreos y sinuosos, difíciles de describir, pero no por ellos menos dañinos que la violencia directa.
Es imprescindible un cambio estructural y transversal en la sociedad que alcance todos los ámbitos de la cultura, la política, la economía, etc. y que suponga, tal como explica Purificación Mayobre Rodríguez, una “alternativa liberadora frente al patriarcado, una invitación a desdeñar los cánones y convenciones excluyentes y a apostar por una forma de pensar diferente”.
 Esta es una explicación sin ánimo de lucro